Modelos de contratos de arras penitenciales

Modelos de contratos de arras penitenciales

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En la tradición budista, en particular dentro de la tradición Mahayana y Vajrayana, la comunidad laica y la comunidad monástica hacen muchos tipos diferentes de votos religiosos, a medida que avanzan en el camino de su práctica. En la tradición monástica de todas las escuelas del budismo, el Vinaya expone los votos de las monjas y monjes plenamente ordenados.
En la tradición cristiana, los religiosos – cenobíticos y eremitas – de la Iglesia católica, las iglesias luteranas, la comunión anglicana y las iglesias ortodoxas orientales hacen tales votos públicos, por los que confirman su profesión pública de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia o su equivalente benedictino. Los votos se consideran la respuesta libre del individuo a una llamada de Dios para seguir más de cerca a Jesucristo bajo la acción del Espíritu Santo en una forma particular de vida religiosa. Una persona que vive una vida religiosa de acuerdo con los votos que ha hecho se llama votante o votarista. El voto religioso, al ser un voto público, es vinculante en el derecho de la Iglesia. Uno de sus efectos es que la persona que lo hace deja de ser libre para casarse. En la Iglesia católica, al entrar en la vida consagrada, no se pasa a ser miembro de la jerarquía, sino que se pasa a un estado de vida que no es ni clerical ni laico, el estado consagrado[1]. Sin embargo, los miembros de las órdenes religiosas y los ermitaños que están en el orden sagrado son miembros de la jerarquía[2].

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Cualquier otro voto es un voto simple[3] Incluso un voto aceptado por un superior legítimo en nombre de la Iglesia (la definición de «voto público»)[4] es un voto simple si la Iglesia no le ha concedido el reconocimiento de voto solemne. En el derecho canónico, un voto es público (que concierne directamente a la Iglesia) sólo si un superior legítimo lo acepta en nombre de la Iglesia; todos los demás votos, por mucha publicidad que se les dé, se clasifican como votos privados[5] (que conciernen directamente sólo a quienes los emiten). El voto emitido en la profesión como miembro de cualquier instituto religioso es un voto público[6], pero en los últimos siglos puede ser solemne o simple.
Existe un desacuerdo entre los teólogos sobre si la distinción entre votos solemnes y simples deriva simplemente de una decisión de la Iglesia de tratarlos de forma diferente o si, de acuerdo con la opinión de Santo Tomás de Aquino,[7] el voto solemne es, con anterioridad a cualquier decisión de la Iglesia, una consagración más estricta, perfecta y completa a Dios[8].

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Este artículo investiga la práctica religiosa de sufrir por otros en la Alta Edad Media. En la penitencia por procuración, una persona realizaba un trabajo penitencial por otra, que recibía el beneficio espiritual. Esta práctica se basaba en la idea de que una persona podía sustituir a otra para soportar su carga. Utilizando fuentes penitenciales, conciliares, litúrgicas y epistolares, descubro dos tipos de penitencia por delegación. En primer lugar, los sacerdotes compartían la penitencia de quienes se confesaban con ellos. Los textos litúrgicos incluyen misas en las que el sacerdote completa la penitencia por alguien que no pudo completarla él mismo. Los textos penitenciales exhortan al sacerdote a «compartir la falta» con el pecador para lograr la remisión de su pecado. En segundo lugar, entre los laicos se promovía y se criticaba el ayuno por poderes. Este ritmo sic et non muestra que la cultura penitencial altomedieval no pudo controlar la demanda de penitencia por poderes. También se presta cierta atención a la práctica de la penitencia por poderes en el entorno monástico del siglo XI de Pedro Damián. Este artículo amplía el alcance de los estudios actuales sobre la penitencia al centrarse en su capacidad sustitutiva. Además, este artículo explora las cambiantes nociones y metáforas sobre el pecado en este periodo -desde lo médico a lo económico- que alimentaron la actividad por delegación.

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A diferencia de la compraventa, con este tipo de contrato ni el comprador tiene que pagar el precio ni el vendedor entregar el inmueble, sino que ambos se obligan en el futuro a celebrar la venta, de manera que si una de las partes no cumpliera, la otra podría reclamar el cumplimiento o la indemnización por daños y perjuicios.
Este contrato nace de la voluntad de las partes de aplazar la fecha de la futura venta, bien porque les interese o por algún motivo especial, por ejemplo que el comprador esté tramitando la financiación de la operación, o que la casa no esté aún terminada o que haya que finalizar algún trámite.
Lo que se paga como arras forma parte del precio pactado y sin posibilidad de que las partes no finalicen el contrato de forma unilateral. Si no se especifica una finalidad distinta, se entiende que son confirmatorias.
Si una de las partes no cumple con sus obligaciones, la otra puede exigir el cumplimiento del contrato, es decir, si el vendedor no cumple con el comprador, puede obligarle a otorgar la escritura de compraventa y si el comprador no cumple, el vendedor puede obligarle a pagar el resto del precio.

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